EL VENTORRO

           

               Yo creo que ya era la época de lo que se ha dado tardofranquismo. Para mí y todos lo chicos de mi edad, Franco era alguien, o algo, que estaba allí desde que habíamos nacido, como estaba Dios, la tierra, la luna o el sol. Me costó entender cuando años más tarde se produjo su muerte que pudiese desaparecer lo que siempre había estado allí. Era parte de las cosas inmutables que nunca morirían. No en vano, años antes, cuando apenas tenía uso de razón, había acompañado a mi padre a la mesa en que se votaba la más que segura aprobación de la Ley Orgánica del Estado. Me llamó la atención que, en varias papeletas que había en la urna, el sí era tan rotundo que se se veía desde la otra parte del papel. Por supuesto, yo creía que lo que se estaba votando era la inmortalidad de Franco. Pero murió, y con él se fue toda esa fidelidad de los españoles de aquellos tiempos.

                 En mi adolescencia, cuando empezaba a salir de guateque y a tomar algo por ahí, la zona de moda entre los de mi edad era lo que se llamaba "la calle de las tascas". Para entonces ya estaban en funcionamiento los primeros pubs de la ciudad. Capsa 13, de Luis Fernández, Cristopher Lee, El Forn o el atrevidísimo Siddhartha (no sé si se escribe así), de Javier Barrachina, lector impenitente de este blog, situado, paradójicamente, enfrente de una Comisaría de Policía. Pero estos eran sitios para gente más mayor, y nosotros estábamos en una onda mucho más ingenua e incipiente. En la calle de las tascas había también templos de la adolescencia como Casa Amadeo, Los Pajaritos, El Ventorro, Las Nieves... todos ellos escoltando a la discoteca La Bounty, que yo recuerde, la primera de la ciudad. 

                   Los adolescentes, como el propio nombre indica, no nadábamos en la abundancia, y después de supervisar cómo estaba el ambiente en los distintos garitos, íbamos al más animado, quiero decir donde más jóvenes del sexo opuesto había. A mí, particularmente, me gustaba mucho El Ventorro porque te podías tirar toda la tarde con una Coca - Cola mientras hacías un concienzudo trabajo de aproximación carnal con la chica con la que habías quedado, o te habías encontrado, y accedía a subir contigo a la parte de arriba. No solía ser tarea sencilla dado que esos valores de la época también se habían inculcado a tu ocasional acompañante, por lo que había que desplegar todas las artimañas de las que se disponía para conseguir aquellos primeros besos y toqueteos que pedían a gritos tus hormonas recién salidas del horno.

                   Fue una época muy feliz porque no ambicionábamos otro tipo de política dado que ni siquiera sabíamos que había otras formas de gobierno. Y es que no íbamos con dos grises detrás - entonces la policía vestía de ese color- apuntándonos a la cabeza cada vez que salíamos de casa, como se ha hecho creer por algunos. 

                   Cuando fui cumpliendo años fui abandonando aquellos lugares en los que había pasado mi adolescencia y ya iba a aquellos pubs iniciáticos como Turat, Asfalto, Stones... todos ellos en el barrio del Carmen, dejando las tascas para los nuevos adolescentes.

                    No sé lo que pasó con El Ventorro durante los años posteriores, pero sí pude apreciar alguna vez que pasé por allí que la zona se había degradado bastante con la llegada de las drogas y los pandilleros que pasaron a poblarla, hasta que un día en los años 90, mi amigo José Luis Gandía, que tenía su despacho en el Parterre, me invitó a almorzar precisamente a El Ventorro, que en aquella época abría también a la hora del esmorzaret.

                      Me quedé fascinado por lo bien que se comía, por el local que estaba tal cual yo lo había dejado más de veinte años antes, incluida la pared negra en que escribíamos nuestros nombres o el de nuestro ligue del momento, y por la profesionalidad de Alfredo, que se había hecho con la gestión, ahora como restaurante, tras retirarse su tío que era al que yo conocía de mi época, y que había sido jugador de C.E. Sabadell cuando este equipo pintaba la mona en Primera División. Una foto suya junto a Kubala y Di Stéfano atestigua su protagonismo en ese fútbol que hoy ha pasado a ser vintage.

                        He vuelto muchas veces a comer a mediodía -Alfredo no abre por las noches- y cualquier cosa que pidas tiene un sabor brutal porque está hecha con materiales de calidad, con un precio también considerable, todo hay que decirlo. Allí he comido con José Luis Gandía, con Juli Millet, con Alberto Bernabé, que ha parado en boxes para recuperar su vitalidad, con Santiago Mompó y muchos amigos más. Es difícil llenar diariamente un local con esas características y una cocina de pequeñísimas dimensiones. Siempre que he llevado a alguien he quedado perfectamente. Incluso es el lugar donde La estética del perdedor celebra sus convenciones, a las que vienen todos los corresponsales extranjeros Rek O´Jones, Markus Garrulescu y otros figuras de la comunicación. No hay problema con los precios porque la empresa está forrada, como es notorio.

                         En plena convulsión por la dana, conmocionado como estaba todo el país, y creo que todo el mundo. por aquella barbaridad e indignados como estábamos todos por la deficientísima respuesta de todas las Administraciones, también me produjo especial tristeza que El Ventorro, un lugar al que tengo cariño, pasase a ser considerado como un elemento activo de semejante desgracia.

                         Ha sido vapuleado, utilizado su nombre incluso como cómplice de aquella catástrofe por quien ni siquiera hoy ha tenido la idea de visitar o prestar su ayuda a los afectados. Especialmente orgulloso me siento de la juventud valenciana y de otras partes de España que se puso a disposición de quien estaba sufriendo tanto. Ellos fueron los primeros que aparecieron, aun con exiguos materiales y escaso conocimiento, pero ofreciendo su hombro a aquellos que necesitaban apoyarse en alguien a llorar su pena y dar rienda a su justa indignación. Olvidaron por unos días sus graves problemas de acceso a una vivienda digna que les ha generado esta maravilla de economía que proclama El Galgo de Paiporta. Mi orgullo, en lo más cercano, con Adolfo, Quique, Marina y todos sus amigos, que no esperaron a que les pidieran ayuda. Era obvio que se necesitaba.

                         La inoperancia de Mazón y su inexplicable pasividad han puesto en la diana a El Ventorro. Ha ido gente a insultar a sus trabajadores, la gente se hacía fotos junto a su cartel hasta el punto de verse obligado Alfredo a quitarlo, se han iniciado manifestaciones en su puerta y han tenido que oírse gritos muy desagradables para ellos y sus familias. Esta afición a la justicia popular de los españoles ha errado su veredicto al querer condenar a quien su único delito ha sido trabajar y crear puestos de trabajo. Quiero más alfredos y menos mazones y galgos.

                         He hablado varias veces con Alfredo, la última la semana pasada antes de ir a declarar al Juzgado de Catarroja y, sin perder la jovialidad, lo he encontrado algo cansado, harto, pero no hasta el punto de perder la sonrisa cada vez que me meto con su Valencia C.F., porque nadie es perfecto y este es choto hasta la médula.

                       PD. El otro día oí a  Oscar López y a la inefable portavoz del Gobierno, Pilar Alegría, entre otros muchos, poniendo a caldo al Tribunal que ha juzgado al Fiscal General Álvaro García Ortiz, por una sentencia que aún no ha sido notificada. No puedo más que pensar en los miles de condenados a penas más severas que no tienen ese altavoz para mostrar su disconformidad.   

                         


                

                       

                    

                     

 


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