UN REBAÑO DE OVEJAS

 

         Cuando mis padres llegaron a Madrid dejando atrás su vida en un pueblecito de la provincia de Soria estuvieron hospedados en una casa de huéspedes, algo muy común en aquellos tiempos, hasta que consiguieron un alquiler económico en Carabanchel. Mi padre trabajaba en lo que le iba saliendo en la época del desarrollismo franquista, y como tantos otros, practicó el pluriempleo hasta que consiguió un trabajo fijo de fresador de 2ª. Por su parte, mi madre hacía trabajos en la cocina de los bares que la llamaban (en aquella época había muy pocos restaurantes). En esa época me tuvieron a mí.

          Una vez asentados, lo que les costó mucho tiempo y sacrificios, les surgió la posibilidad de quedarse un bar denominado Los Extremeños, en una zona en expansión entonces, Ciudad Lineal, habitada mayoritariamente por inmigrantes de otras regiones españolas que, poco a poco, podían acceder a una casa propia; prácticamente se trataba de viviendas sociales en todos los casos. Aún queda en algunas de ellas el yugo y las flechas que indicaban la procedencia subvencionada del acceso a la propiedad.

           El bar, con una tremenda dedicación, comenzó a ir bien con una mayoría de clientes de los trabajadores de la construcción de los grupos de viviendas que se estaban levantando y otros inmigrantes, procedentes muchos de ellos de la provincia de procedencia de mis padres. Sabiniano, que venía de un pueblo de Cuenca, se dedicó al tema de las saunas-club.

            Mi madre en la cocina y mi padre en la barra y las mesas, con mi ayuda cuando mi horario escolar me lo permitía, fueron forjando un próspero negocio que les permitió acceder a unas viviendas de protección oficial que se estaban construyendo en el vecino barrio de Canillejas y proporcionarme la educación matriculándome en el colegio Calasancio, reservado para pijos del barrio de Salamanca. Nunca quisieron mis padres que sufriese las penurias propias de quien no pudo acceder a más estudios que los básicos de la escuela de su pueblo. Esta vivienda tenía cuatro habitaciones, como casi todas las que se construían entonces, dada la promoción que se hacía de las familias numerosas.

             Yo debía ser el alumno más pobre del colegio, lo que permitía a sus rectores vanagloriarse de que no se trataba de un colegio elitista económicamente, y no me costó integrarme, quizás porque jugaba bastante bien al fútbol, y eso en los colegios de la época, y de todas las épocas, es un puntazo a favor con alumnos y profesores. A mí tampoco me suponía ningún problema la evidente situación social de mis compañeros. Aprendí a convivir en entornos tan diferentes. Desgraciadamente, ya en los años 80, la heroína vino a democratizar las distintas zonas de la ciudades, y Madrid no fue una excepción. Pasé de largo, afortunadamente, de aquella lacra.

              Mis padres tuvieron la buena idea de suministrarse para su negocio de productos de su lugar de origen, lo que incrementó la clientela en aquellas personas que preferían productos del campo y la ganadería soriana a los ultraprocesados que ya entonces poblaban los establecimientos. Además, le servía para no perder sus relaciones con los amigos de la comarca y estar permanentemente informados de lo que ocurría por allí. En realidad, por lo que intuía en mis padres y lo que escuchaba de los parroquianos del bar, aunque hubiesen salido de sus pueblos de origen buscando mejor fortuna, nunca lo abandonaron, y por eso volvíamos siempre que se cerraba, en Navidad, Semana Santa y agosto.

                 Cada vez que íbamos, mi padre se ponía a realizar tareas del mundo rural : recoger olivas y matanza en invierno, y labores de campo en verano. Varias veces lo vi, acompañado de otros hombres del pueblo, salir raudamente a apagar el incendio provocado por una tormenta seca. En ese tiempo no había bomberos forestales y únicamente había un forestal para toda la comarca, que solía estar en el bar del pueblo jugando al dominó. De este modo, con sus aperos como única arma, sofocaban los incendios que se producían en el monte, entonces alejado de las poblaciones, dado que alrededor de los núcleos urbanos estaban los campos que entonces se cultivaban. Ya se habían ocupado de que durante el invierno fuese el propio ganado quien desbrozara las zonas boscosas.

                Yo, entre el barrio de Canillejas y los veranos en la piscina del pueblo, aprendía que los toldos verdes y las toallas estampadas de dibujos caribeños o menciones de playas tropicales iban de la mano. Una cosa traía la otra, pero sabía que era una cuestión de gustos y que, por tanto, era lo que gustaba a los usuarios, aunque produjese la hilaridad de mis amigos del colegio.

               Y esto les ocurría a los señores Cabrera, que vivían en la puerta contigua a la nuestra. Habían venido desde un pueblo de la provincia de Jaén y compararon la casa al tiempo que mis padres, aunque ellos tenían cuatro hijos. No les había ido nada mal, pues el padre de familia tenía un trabajo fijo en Correos y, sin lujos, pudieron criar a sus hijos y darles educación. Eran más mayores que yo y se independizaron en cuanto empezaron a trabajar.

               Un día, cuando llegué a casa después de entrenar, estaban allí los señores Cabrera hablando con mis padres. Con sus hijos ya independientes, querían vender su casa y volver a su pueblo, y a los primeros que les propusieron la compra fue a mis padres. Mi padre, que no las tenía todas consigo sobre mi futuro y el del bar cuando se jubilase, llegó a un acuerdo para la compraventa del inmueble con un apretón de manos, como se hacían las cosas en el campo del que procedían ambos. 

                Mis padres fueron cumpliendo años y acusando el cansancio de un negocio tan esclavo y con horarios tan duros como la hostelería cuando les surgió la oportunidad de traspasar el negocio a una franquicia de una multinacional a la que interesaba el bajo por su ubicación, dado que con el tiempo se había quedado en una zona muy comercial dentro de la barriada, y así hicieron.

                 Después de esto, cada vez iban más veces al pueblo y por períodos más largos. En uno de estos viajes, en febrero de 2023, mi padre, que ya no estaba para conducir, se durmió al volante, saliéndose el coche de la carretera y empotrándose contra un árbol. Ambos fallecieron. Ahí finalizó una vida de sacrificios y de dedicación al trabajo.

                 Me costó recuperarme de aquel mazazo. No podía entender semejante crueldad. Siempre había estado muy unido y muy agradecido con ellos y me quedé solo de un día para otro. Me ayudó mucho Susana,

                  Al final comprendí que yo tenía que salir adelante y decidí alquilar los dos pisos que me habían dejado en herencia por habitaciones. Los modernicé, sobre todo el de los Cabrera que todavía estaba de origen, compré muebles de la marca sueca y los puse en alquiler. En 15 días tenía colocadas las ocho habitaciones, cuatro de cada piso, a razón de 600 euros cada una. Me fui a vivir con Susana, quien había enviudado joven a causa del sida que contrajo su marido, y sus dos hijos, que con 28 y 27 años de edad, no tenían proyección de vivir fuera. 

                  

 


                

              

          

Comentarios

  1. Definitivamente, deberias escribir tu libro...también

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    1. Agradezco enormemente tu comentario y tu sugerencia pero creo que lo de escribir un libro está resevado para gente con más talento que yo. Además, lo que hago me proporciona una libertad e inmediatez que no tendría embarcándome en esa aventura, que requeriría una dedicación que no puedo dispensar.

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    2. El único argumento que podria convencerme, y me cuesta mucho, es la falta de tiempo. Los otros no me sirven

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    3. La falta de tiempo va de la mano de lo de la libertad. Y es que este formato me gusta, me divierte mucho y además tiene cierta aceptación. No obstante lo hablaremos tranquilamente.

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  2. Bonito relato histórico de aquellos tiempos. No nos tenías acostumbrados, aunque siempre me gustó esa mezcla de ficción y realidad. Te animo a continuar.

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    1. En este caso, como saben los que me conocen, no llega ni a autoficción. He pretendido hacer una reflexión sobre el problema de la vivienda, la migración y el apego a la tierra. Muchas gracias.

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  3. Genial, como casi siempre. En esta ocasión, la lectura me ha llevado a recordar alguna obra social/costumbrista del gran Fco. Candel; trasladada a Madrid. Como otro de tus seguidores ha indicado ya va siendo hora de que asumas el reto de una novela.
    Gracias y hasta la próxima.
    JL

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    1. Gracias a ti. Como le he dicho a otro amigo lector cuyas iniciales coinciden con las tuyas (al principio me costó diferenciar, ahora tengo claras las identidades), me encuentro muy a gusto en este formato, que además me concede mucha libertad.

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  4. Viviendas sociales? Eso es otro bulo. Ten cuidado que creo que ahora está prohibido hablar así.

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