EL MONO DESNUDO
La había conocido en un estupendo garito de esos que predominaban en la época en el puerto de Ibiza. Desde hacía varios años, mi amigo Carlos "El Indio" y yo visitábamos con frecuencia la isla, principalmente en Semana Santa cuando la temporada empezaba a desperezarse y no se atisbaban invasiones de turistas, que en aquellos años no eran ni de lejos lo de ahora. Se podía aparcar, comer sin reservar previamente y largarte a una cala solitaria sin que el guirismo apabullase.
Cada año introducíamos alguna novedad en nuestro viaje, y en los últimos realizados nos llevábamos el coche para movernos por la isla. Pero lo que nunca faltaba era nuestra visita prácticamente diaria a El Mono. Allí servía copas Cindy, una camata inglesa que ejercía como tal cuando las únicas camareras que había en España eran las que atendían en los puticlubs. Posteriormente ya se impuso esa moda en todos los locales de ocio del país. Pero en aquella época era novedoso que te tomase la comanda una chica, y es que Ibiza iba bastante por delante de la península en estas cosas.
Con el tiempo fuimos tomando confianza con ella y nos la solíamos encontrar por las noches en la discoteca Glory´s, la más cool de la época. Allí se bailaba la música que posteriormente sonaba en el resto de España. No sé cómo lo hacían, pero era así. Aún no eran tiempos de música electrónica y las canciones eran perfectamente reconocibles. Me encantaba bailar con Cindy: era sensual y discreta al mismo tiempo., tenía esa farándula contenida que le convertía en una chica muy elegante y atractiva. La verdad es que el hecho de que nos hiciese caso ya era un auténtico placer para nosotros. El Indio me llegó a decir que creía que yo le gustaba, pero yo la veía tan de otro mundo que ni me planteaba siquiera dar un paso adelante, pese a que ella siempre fue muy amable con nosotros.
Hasta que un día, tomando el ya entonces carísimo cubata de rigor, me dijo que ya que tenía coche, podríamos quedar el día siguiente para recorrer pueblos de la isla que ella, pese al tiempo que llevaba haciendo la temporada en Ibiza, no conocía. Por supuesto le dije que lo haría encantado, y al preguntarme por Carlos, ya le adelanté que él no tenía ningún problema para encontrar gente con la que divertirse. Ella lo sabía.
Lo que era un día de turismo se fue convirtiendo en habitual. Un día íbamos Santa Gertrudis, otro a San José, San Carlos, Portinatx....Y nos comunicábamos en francés, idioma en el que también me ganaba de largo o en el español que ella iba aprendiendo en el transcurrir de los años, pero nos entendíamos con sonrisas, cada vez más cómplices. El Indio y yo pospusimos nuestra vuelta a Valencia para unos días más tarde, ya que él también estaba encantado.
Y llegó el momento de salir de Ibiza con destino a casa. En todos mis viajes a la isla, jamás hubiese pensado que me iba a ir de allí con la dirección de Cindy escrita en una servilleta de papel. Y menos aún, que ella me escribiese cartas diciendo que se acordaba de mí. Aún así, para estos temas del sexo opuesto yo era muy cauto y no lanzaba las campanas al vuelo, pero la visité en una pequeña estación de esquí en Los Alpes, Le Corbier, donde ella pasaba los inviernos dando clases a niños y como encargada del guardarropa de la discoteca por la noche. Lo pasé genial, y eso que por las pistas me iba escondiendo para que no viese mi inexistente paralelo.
Continuamos con nuestra actividad epistolar, aunque espaciadamente. Hasta que llegó un día en que me invitó a ir a Londres. Ya era 1984 y no habíamos roto el contacto que iniciamos a finales de los 70. Ni corto ni perezoso, cogí un avión y me presenté en Gatwick, donde la policía me recibió poniéndome literalmente en pelotas haciendo flexiones, imagino que convencidos de que llevaba algo prohibido. Hay que tener en cuenta que en aquella época ni Unión Europea ni nada de nada. Pasábamos el control por una puerta residual de las de ciudadanos ingleses, de la UE o incluso Commonwealth. Resultado, como salió todo el mundo de mi vuelo y yo no, porque me retuvieron más de dos horas esos agradables policías, Cindy se fue. Menos mal que la pude localizar al rebuscar en mi agenda (de papel) un número de teléfono que me había proporcionado. Hablé con una compañera de piso y pude quedar con ella en el pub del Soho que me indicó.
Me llevó a sitios que jamás hubiese imaginado que pudiesen existir. Estaba viviendo el glamour desde dentro y chicos y chicas que nunca habría pensado que pudiese conocer, me saludaban con una sonrisa y me invitaban a tomar algo. Cindy era un salvoconducto de lujo, pero me topaba con la barrera del idioma. Franco no quería saber nada de la Pérfida Albión y en la gran mayoría de los colegios, incluido el mío, se estudiaba francés.
Así fuimos pasando los días en que tuve acceso a un Londres que ni conocía ni podía intuir, hasta que un día me dijo que le acompañase a hacer un trabajo que me iba a gustar y que no se demoraría mucho tiempo. Llegamos a una especie de nave industrial en la que al atravesar la puerta había un decorado ultramoderno y una especie de pasarela como para un desfile de moda. Una vez dentro, ella me dijo que se trataba de la grabación del vídeo de una canción de David Bowie que se llamaría Blue Jeans. Ella debía permanecer sentada junto al saxofonista que se incorporaba al grupo cada vez que tocaba su instrumento para luego volver a sentarse al lado de Cindy, que aparecía varias veces en la grabación.
Mientras se grababa, yo me quedé con una pareja de amigas suyas simpatiquísimas que resultaron ser lesbianas. Todo era para mí como haberme trasladado de planeta, aunque tratase de disimular. David Bowie por allí, su grupo y dos tías que estaban buenísimas enrolladas entre ellas. La realidad entonces en España es que los maricones (así se les llamó siempre) estaban en un armario bajo llave y las tortilleras bajo tres llaves y diez candados del que salían con bigote y pelos en las piernas y en los sobacos. Aquello todo era ciencia ficción para mí. Por un lado una chica impresionante que me hacía caso y me llevaba a los sitios, y por otro, un ambiente de diversión que no tenía nada que ver con lo siniestro de los locales de España, atacados vilmente por la droga. Aunque se quiera endulzar el tema de la Movida, en aquellos tiempos murió mucha gente joven como consecuencia de esa lacra.
Yo seguía con el pensamiento de esta tía no me la merezco y es flipante esta relación, sensación que solo tuve años más tarde con mi mujer. Y encima me hace conocer una gente estupenda, divertida y ultramoderna. Hay que decir que, en vista de los ambientes en que nos movíamos yo había adoptado una estética, no de perdedor, sino intencionadamente con unos pequeños toques ambiguos que no pasaron desapercibidos para alguno de los gays que conocimos. Había que dejar bien alto el pabellón patrio, que vieran que no todos los españoles éramos como Manolo Caracol.
De repente me desperté. Estaba en Cala Jondal. Me había dormido en la playa y estaba casi tan quemado por el sol que parecía el típico escocés que su cuerpo blanquito se le pone más rojo que la camiseta de la Selección Española. Miré una televisión; estaban hablando de los sucesos de Torre Pacheco. Quise volver a mi sueño, pero no pude.
Parece una película de Éric Rohmer
ResponderEliminarYa me gustaría. Pauline a la plage. Muchas gracias.
EliminarEn un principio pesaba en una auto biografía, lo cual desconocía, pero aún así desearía poder hacerlo realidad. Qué tiempos!!
EliminarGenial. Muy creativa esa mezcla entre realidad vivida y ficción nos lleva a unos tiempos ya lejanos, divertidos y criticables en bastantes aspectos. Repito, genial.
ResponderEliminarJL
Muchas gracias. Debes conocerme para afirmar que es mezcla de realidad y ficción. Mirando atrás, en algunos aspectos hemos mejorado mucho y en otros estamos con el hombre primitivo. Los sueños, sueños son.
EliminarGenial como siempre....le corbier que recuerdos la fiesta en el spartamento dos botellas unade ginebra y otra de vooka para 100 tios que aparecieron en la fiesta
ResponderEliminarAquello sí que fue genial. Acuérdate del calcetín rojo quemado pegado a la bombilla. O la visita de los gendarmes porque el bebé del apartamento de al lado no podía dormir. Me ha encantado ver tu comentario, Vicente.
EliminarNarración impecable, historia bonita y lectura amena.
ResponderEliminarSe agradece un respiro de la merecida, sutil y divertida mofa de la política diaria a la que nos tienes acostumbrados, pero ...no la olvides del todo, que aunque sea muy triste, es la única forma "tomárselo con deportividad"
Muchas gracias. Seguro que volverá la crónica política y también este tipo de relatos cortos.
EliminarAl despertarte, a lo mejor te diste cuenta de que estás forjado en el yunque de la adversidad.
ResponderEliminarPD: le hubiera gustado a Dalí hacer un cuadro sobre este sueño.
El yunque de adversidad merece más de un artículo. Ahí hay mucho amor. Dalí no creo, pero con quien quiero contactar es con Carlos Pérez Gisbert, El Indio, al que llamábamos así porque jugaba al tenis y llevaba siempre un pañuelo blanco atado a la cabeza
EliminarMuy bueno. Incluso llegué a pensar: mira que hemos hablado muchísimo y jamás me había contado esa experiencia tan bonita. En fin , como dices los sueños, sueños son. Un abrazo
ResponderEliminarMuchas gracias. Hasta yo la he hecho mía mientras escribía.
EliminarCasi me lo tragó. Muy bueno
ResponderEliminar